El invitado

8 de febrero 2015

"La programación de la microbiota comienza en el útero"

Jesús Sanchis y Xavi Cañellas, investigadores de la microbiota intestinal y patologías asociadas


El dietista, nutricionista e investigador Jesús Sanchis hace tándem con el psiconeuroinmunólogo clínico Xavi Cañellas para investigar y divulgar qué hacer para prevenir y tratar enfermedades autoinmunitarias, inflamatorias metabólicas (diabetes tipo I y II, dermatitis, hipertiroidismo e hipotiroidismo, hipercolesterolemia, alergias, endometriosis, esclerosis múltiple, fibromialgia, artritis reumatoide…), o una de las pandemias más importantes del siglo XXI: la obesidad. Sanchis investiga en los laboratorios del Instituto de Agroquímica y Tecnología de Alimentación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (IATA-CSIC) con uno de los grupos más punteros de Europa y hace el doctorado en Ciencias de la Alimentación en la Universidad de Valencia. Cañellas es cofundador de Regenera.cat, empresa pionera en la formación en psiconeuroinmunología clínica y evidencia científica en España, donde promueve e investiga los vínculos entre salud física, salud emocional -dentro del proyecto “Batega. Laboratori emocional”- y los cambios en el sistema inmunitario.

Nos encontramos en Barcelona, muy cerca de uno de los talleres de lactancia materna del grupo ALBA, que promueve y enseña a las madres a dar el pecho. Según ellos, el sistema inmunitario se forma en los primeros dos años de vida y se programa en el útero de la madre. El hecho de dar el pecho hace que algunas enfermedades se puedan evitar. “Se está investigando todos los nutrientes que contiene la leche materna, que es un alimento que sería necesario que los bebés recibieran al menos seis meses de forma exclusiva, y que contiene sustancias que ningún medicamento ha sabido imitar”, cuentan.

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En primer lugar, ¿cuál es la diferencia entre microbioma y microbiota?

Jesús: Cuando hablamos de microbiota hacemos referencia a las bacterias que pueblan el cuerpo. Cuando hablamos de las que habitan en el intestino, entonces es microbiota intestinal. Somos diez veces más bacterias que células humanas. Y cuando hacemos referencia al microbioma, nos referimos a la expresión génica de la microbiota: el código genético de estas bacterias que nos ayudan a mantenernos sanos, pero también nos pueden hacer enfermar. Según los últimos estudios, superan 150 veces el código genético humano. Así pues, ¿quién es el huésped?

“Somos diez veces más bacterias que no células humanas”

Hay bacterias sanas y otras que no lo son...

Xavi: Sí, podríamos decir que hay una lucha entre las sanas y las potencialmente patógenas. Si proliferan las malas, generaremos alteraciones de salud a muchos niveles, no sólo en el intestino. Es lo que llamamos “disbiosis”, una alteración del delicado equilibrio que hay entre el huésped (nosotros) y la microbiota intestinal. Aquí empiezan muchísimos trastornos.

¿Por qué es tan importante este campo de estudio?

Jesús: Nos hemos pasado cien años intentando eliminar las bacterias del entorno, incluso del organismo, hasta que, gracias a estudios que mostraban que las personas con patologías como obesidad y diabetes tienen una microbiota intestinal diferente a las personas sanas, entendimos que la microbiota intestinal podía tener un papel fundamental en el equilibrio salud-enfermedad. Así, especialmente, en la última década, se empieza a tener en cuenta el análisis de las heces en el estudio de prácticamente cualquier enfermedad.

¿Qué diferencias hay? ¿Podemos evitar la obesidad y la diabetes modificando las bacterias del intestino?

Xavi: Las diferencias pasan por cómo se programa esta microbiota; y la programación comienza en el útero de la madre. Cada vez, más estudios científicos muestran que la translocación bacteriana entre bebé y madre comienza en el útero. Siempre se había creído que el intestino era estéril en el momento de nacer y ahora vemos que no. Hay varios estudios de 2013 que hablan de este traspaso de bacterias entre madre e hijo durante el embarazo; por lo tanto la salud de la madre durante la gestación es clave para la programación de la microbiota del bebé. Durante todo el embarazo, la microbiota cambia fisiológicamente, y genera una inflamación a la madre para asegurar que los nutrientes llegan al bebé. Por ejemplo, la microbiota de la madre inducirá resistencia a la insulina para que el feto reciba glucosa constantemente. Entonces, según el parte -cesarea o parto vaginal, incluso si es medicalizado- la colonización bacteriana cambia drásticamente. Además, si el bebé recibe leche de la madre o de fórmula, las bacterias del intestino serán diferentes.

Jesús: Hablar de evitar una pandemia como la obesidad o la diabetes modificando la microbiota intestinal seguramente sería un reduccionismo. Somos un todo, hay muchos factores detrás de estas enfermedades. Aunque durante muchos años hemos olvidado estos pequeños habitantes, y aunque ahora sabemos que son una pieza clave para tener y mantener la salud, es pronto para hacer esta afirmación. Hay que educar y concienciar para no tener que modificar las bacterias, salvo en casos excepcionales. Es decir, las madres deben saber que sus hábitos de vida durante el embarazo, la lactancia y los primeros años de vida de los hijos, afectan la vida de los pequeños más allá de la infancia. Igualmente, los hábitos de vida de los adultos (alimentación, actividad física, estrés, descanso, etc.) modulan el ecosistema intestinal, que a su vez modula la salud.

“Siempre se había creído que el intestino era estéril en el momento de nacer y ahora vemos que no. La programación de la microbiota comienza en el útero y depende de si el parto es vaginal o por cesárea, de si hay lactancia materna o de fórmula”

¿Si el parto es medicalizado o por cesárea las bacterias de la madre no llegan tanto al bebé?

Xavi: No es que no lleguen tanto, sino que por cesárea el bebé recibe bacterias de la piel de la madre; en un parto vaginal recibe los de la vagina: Lactobacillus, sobre todo, que activa la inmunoregulación. El sistema inmunitario del niño se forma en los primeros dos años de vida y tiene que ver con cómo la colonización bacteriana llega a hacer esta programación en el intestino del niño. Pero no sólo es importante el tipo de parto, también el estrés de la madre cambia la flora bacteriana de su intestino y, de rebote, la programación de la microbiota del bebé. Hay unos estudios muy interesantes del año 2012 que muestran como las hormonas del estrés de la madre -el cortisol y la noradrenalina- pueden cambiar literalmente las bacterias de la madre y, por tanto, del bebé, o pueden generar una virulencia en bacterias que en principio no eran virulentas, que acaban desembocando en enfermedad. Y son las preguntas de siempre: ¿Es normal tener dermatitis atópica? ¿Es normal tener tantas alergias? No, no es nada normal. Es normal en este contexto actual en el que destruimos las bacterias “buenas” que deben proteger la inmunidad.

“Si el parto es vaginal, el niño recibe Lactobacillus, unas bacterias que activan la inmunidad”

Jesús: En la prevención de enfermedades, esta programación inicial es uno de los puntos determinantes. Se han hecho estudios que comparan la microbiota intestinal en niños nacidos por parto natural o por cesárea, o que han tomado lactancia materna o de fórmula, o nacidos de madre obesa o de madre con peso normal. Se ha mirado qué relación existe y se concluye que, entre otros trastornos, tienen más índice de obesidad los niños nacidos de madre obesa, y/o por cesárea y/o alimentados con fórmula. Las bacterias que tienen en el intestino no son las que deberían tener. Demasiado a menudo, desde el mundo sanitario se da un mensaje erróneo, o bien se interpreta mal. Los meses de lactancia deben ser seis exclusivamente, no seis como máximo. Seis deberían ser los mínimos para proporcionar al bebé el arsenal defensivo que necesita para asegurar la salud presente y futura, si no es que hay causa mayor que lo impida. No hay, ni se ha inventado, ningún alimento como la leche materna. Pero no nos confundamos: cada mamífero que tome tanta leche como pueda, pero de su especie.

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Xavi: La lactancia debe alargarse todo lo que se pueda, aunque hay casos en los que no es posible y hay alternativas que ahora comentaremos -los probióticos y los prebióticos, que sirven para paliar la carencia natural. Ahora bien, la controversia la encontramos en los cereales. El primer nutriente que debe recibir el bebé después de la leche materna no deben ser los cereales: hay estudios que muestran que causan un incremento de la permeabilidad intestinal; por tanto se daña la integridad del epitelio intestinal.

¿Qué significa tener un intestino íntegro?

Jesús: Un intestino íntegro es sinónimo de una muralla bien fuerte que evita la entrada de agentes malos en nuestro castillo, el organismo. Un intestino íntegro no tiene una permeabilidad intestinal aumentada, que lamentablemente es algo muy común hoy en día, tanto en bebés como en personas mayores. Yo mismo he tenido. No es normal que casi todo lo que comes te siente mal, que te notes hinchado, que tengas gases, estreñimiento, etc. No es normal y los medicamentos no son la solución. Terapeutas expertos como Xavi tratan, cada día, estos trastornos.

¿El gluten y el azúcar causan esta hiperpermeabilidad intestinal?

Xavi: Sí. Por eso no recomiendo los cereales -que contienen proporciones altas de gluten y de azúcar- para los bebés, ni tampoco para los adultos. Si echamos un vistazo a la alimentación evolutiva, vemos que algunas enfermedades empiezan a proliferar cuando basamos la alimentación en los cereales. No hay estudios a largo plazo que digan que los cereales sean sanos para el ser humano; al contrario: hay estudios que dicen que ciertos cereales tienen unos tipos de antinutrientes que funcionan como disruptores endocrinos -implica que generan cambios hormonales- y que favorecen este aumento desastroso de la permeabilidad intestinal. Esto significa que ciertos tóxicos pasan al torrente sanguíneo y, entonces, tenemos riesgo de enfermar.

“Los cereales contienen antinutrientes que favorecen el aumento de la permeabilidad intestinal”

Algunos estudios relacionan el gluten con la activación de la inflamación en órganos como el páncreas y el cerebro, que termina desembocando en diabetes tipo II y enfermedades autoinmunitarias.

Jesús: Hemos comentado que el intestino asegura la protección del organismo. Si recibe desperfectos, todo el organismo quedará afectado. Las células del epitelio intestinal están unidas de muchas maneras (tight y gap junction, desmosomas…). ¿Qué pasa cuando ingerimos gluten? Cada vez más gente se da cuenta de que, a pesar de no tener celiaquía, tiene malestar cuando toma gluten: es la sensibilidad al gluten no celíaca. Pasa, porque, al tomar gluten, estas uniones celulares quedan afectadas; si no dejamos de tomar gluten, el intestino se debilita y aumenta la permeabilidad intestinal. No hay consenso científico en este campo, y hay muchos intereses económicos alrededor, pero varios grupos de gran prestigio internacional investigan los trastornos asociados con la ingesta de gluten, con Alessio Fassano -MD – Massachusetts General Hospital-, como referente mundial. Hay más consenso cuando hablamos de enfermedades autoinmunitarias. Cuando el intestino pierde la integridad, hay componentes, concretamente el lipopolisacárido bacteriano, que atraviesan nuestra muralla y desencadenan lo que llamamos una “endotoxemia metabólica”, que, como su nombre indica, afecta a todo el metabolismo y desencadena una inflamación crónica de bajo grado que acaba desembocando y potenciando enfermedades tanto autoinmunes como metabólicas: enfermedad de Crohn, esclerosis múltiple, endometriosis, síndrome metabólico, diabetes tipo II y obesidad, entre otros, y cada vez con más evidencia científica, trastornos del sistema nervioso. Y todo esto, que no es poco, empieza por esta alteración de las bacterias y células intestinales encargadas de protegernos. Estos cambios en la flora bacteriana vienen determinados, como ya hemos comentado, por una mala alimentación, por un estrés crónico, por el sedentarismo, por una mala programación en la infancia, por estancias hospitalarias y, muy importante, por la ingesta de antibióticos.

Xavi: Lo que debe quedar claro es que el gluten no es sólo malo para los celíacos. Hace cinco años que se ha corroborado la sensibilidad al gluten no celíaca, y cada año salen más estudios publicados sobre el tema. Es decir, una persona puede no ser celíaca pero tener consecuencias negativas si ingiere, porque el gluten ataca estas uniones intestinales. Esto hace aumentar la zonulina, proteína derivada de esta ruptura celular. Cuando la zonulina aumenta, algunas personas tienen una respuesta inmunitaria: el cuerpo percibe esta liberación de zonulina como un ataque bacteriano y desencadena una inflamación para darles respuesta, cuando en realidad no ha habido ningún ataque; lo único que hemos hecho es ingerir algo que no nos va bien. Si, además de tomar gluten habitualmente, tenemos la mala suerte de tener un antígeno HLAB27, HLAB8 o HLAB21, entre otros, además de inflamación, podría llegar a haber una enfermedad autoinmunitaria como artritis reumatoide, esclerosis múltiple, enfermedad de Crohn, etc. En 2005, la revista Acta Pediatrica, una de las revistas más importantes en pediatría ya advierte de que casi todas las enfermedades pediátricas tienen que ver con la integridad del intestino: es decir, hay que evitar esta ruptura celular y esta hiperpermeabilidad intestinal. Esto se dice y se publica en 2005 y en 2015 aún no hemos cambiado la pirámide nutricional, con los cereales en la base. Cereales con gluten.

¿Qué relación existe entre flora intestinal y obesidad?

Jesús: En 2004, el grupo del doctor Jeffrey I. Gordon, el pionero de este tipo de estudios, mostró que los ratones libres de gérmenes, a pesar de consumir un 30% más de alimento que sus compañeros convencionales (con microbiota), tenían un 40% menos de grasa total y que, al ser colonizados con microbiota de sus compañeros, vieron aumentados sus niveles de grasa total un 60%; al cabo de dos semanas habían desarrollado resistencia a la insulina, a pesar de haber disminuido el consumo de alimentos y aumentado el nivel de actividad física. Esto nos permite hacernos una idea de la importancia que la microbiota intestinal tiene a la hora de obtener energía de los alimentos, y de regular el metabolismo, ya sea bien o mal. En 2006, el mismo grupo realizó otro estudio muy importante: colonizó ratones libres de gérmenes con microbiota de gemelos humanos, en los que uno era delgado y el otro gordo. Los ratones que recibieron la microbiota del hermano delgado siguieron delgados, pero los otros se engordaron rápidamente. Ahora investigamos cuáles son las bacterias específicas implicadas y los mecanismos por los que la microbiota es tan importante en el desarrollo de patologías como la obesidad y la diabetes tipo II.

Xavi: Si tenemos la flora intestinal desequilibrada -no tenemos las bacterias buenas que nos protegen- tendemos a inflamarnos más. Esta inflamación metabólica puede generar resistencia a la insulina y aumentar la acumulación o producción de grasa. Debemos entender que la grasa es un órgano endocrino y que produce sustancias como las adipocitoquinas, que intervienen en el sistema inmunitario y generan, a su vez, más inflamación. Es un círculo vicioso: con la inflamación, aumenta la leptina, que tiene la función, entre otras, de indicar al cerebro que estamos saciados. Ahora bien, si hay un gran aumento continuo de leptina, puede llegar a haber resistencia a la leptina, que hará que no sepamos cuando tenemos que parar de comer, porque siempre tendremos hambre. Entonces se activan caminos neurológicos de mediadores como la orexina, que nos hacen comer aunque no lo necesitemos. Entonces comienza el círculo de acumulación de alteraciones que conllevan la obesidad, un trastorno neuroendocrino y microbiótica. Evidentemente, la flora intestinal ya se ha modificado si la persona es obesa. A partir de aquí es probable, que además de obesidad, tenga otros trastornos de salud.

“La grasa es un órgano endocrino que produce sustancias que intervienen en el sistema inmunitario, y un exceso genera inflamación y no-saciedad”

Hablemos ahora un poco de los probióticos. ¿Cómo podemos saber que los productos que compramos son realmente sanos y nos van bien?

Jesús: Durante años, no ha habido ninguna legislación rigurosa: cada fabricante decía lo que le parecía. Aunque ahora encontramos muchos mensajes publicitarios equívocos: que un yogur contenga probióticos no quiere decir que los yogures sean buenos para mejorar los trastornos para los que los probióticos han demostrado ser efectivos. Cada cepa bacteriana, o agrupación (consorcio), se puede considerar efectiva para las patologías específicamente estudiadas. Para asegurarnos de que compramos probióticos de calidad es necesario que el producto esté etiquetado con la cepa bacteriana correspondiente o bien con el consorcio que contiene, y que, además, tenga suficiente bacterias viables.

¿Viables?

Jesús: ¿Qué utilidad tiene un soldado muerto para un ejército? Ninguna, ¿no? Pues tomar bacterias que no llegan con vida al lugar de la lucha tampoco nos puede ayudar en la batalla contra el enemigo (bacterias potencialmente malas). Así pues, estas bacterias tienen que llegar a su punto de destino -el intestino- atravesando esófago y estómago. A lo largo de este viaje, muchas de estas bacterias se destruyen, y lógicamente dejan de ser viables. Para asegurar que bastantes soldados sobrevivirán esta dura travesía, debemos ingerir probióticos que contengan un mínimo de 1x10e9 UFC (unidades formadoras de colonias): mil millones de bacterias. Esta información tiene que salir en la etiqueta de forma clara.

“Cuando compramos un probiótico tenemos que mirar la etiqueta y buscar el nombre de la cepa bacteriana y, al lado la inscripción 1x10e9 UFC”

¿Los probióticos pueden ayudar a alguien con la flora bacteriana desequilibrada?

Xavi: Lo primero es reeducarse nutricionalmente. Nunca recomendaré un probiótico a una persona que no come saludablemente, porque es perder tiempo y dinero. Hay que proporcionar al intestino elementos para que proliferen las bacterias sanas, que son las que nos mantienen sanos. Si como mal, destruyo estas bacterias; tomar un probiótico luego no es la forma.

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¿Qué diferencia hay entre probiótico y prebiótico?

Jesús: Haré una metáfora muy clara. En el bosque (el intestino), tenemos que hacer buenos árboles (los probióticos, las bacterias) y luego hay que poner el compuesto (los abonos naturales, los prebióticos). Necesitamos buenos árboles: bacterias sanos para los intestinos. El primer paso para hacer este bosque es la gestación y la alimentación de la madre durante el embarazo, el tipo de parto y la lactancia: esto marca el ecosistema del bosque -la microbiota intestinal para toda la vida. Después, a lo largo de la vida, este bosque cambiará: algunas especies de árboles desaparecerán y otras se unirán. Si las cosas no van bien, tendremos que ver si podemos plantar más árboles a través de los probióticos o no, pero es necesario que nos aseguremos de plantar y mantener un bosque con gran diversidad, calidad y cantidad de árboles. Y ahora toca hablar de la comida y de qué implica una buena alimentación: una dieta sana provee alimento para el bosque (los prebióticos que las bacterias del intestino necesitan). A veces, con una buena alimentación es suficiente para estar sano; ahora bien, ¿qué es una buena alimentación? Muchas veces, en nuestra querida sociedad de la opulencia -con una alimentación, por norma general, muy lejos de ser sana-, provocamos una disbiosis, un desequilibrio del ecosistema intestinal: estrés en el trabajo o con la pareja, una alimentación poco saludable, el sedentarismo, antibióticos, que matan todas las bacterias, buenas y malas… En estos casos hay que repoblar el bosque con probióticos y ayudar con prebióticos.

Xavi: El prebiótico es lo que come la bacteria; hace crecer la bacteria. Por eso es interesante conseguirlo a partir de una buena nutrición. Y ahora toca hablar de la fibra.

¡Pues hablemos de ella!

Xavi: Hay fibra insoluble, que es la que tradicionalmente tomamos para ir al baño y no es fermentable por bacterias, y la soluble, que hace crecer bacterias buenas en el intestino. Esta nos interesa mucho. La primera, en cambio, debe estar bien equilibrada con la segunda para no resultar perjudicial. La clave de todo es el equilibrio. Revisiones publicadas en 2007 en la revista World Journal of Gastroenterology en las que investigan el impacto de la fibra dietética en las diferentes enfermedades colorrectales concluyen que el exceso de fibra insoluble no protege de las enfermedades del tubo digestivo tal y como la industria nos ha hecho creer durante años. Concluyen literalmente que “este tipo de fibra (insoluble) no es ni digerible ni absorbible y no tiene nutrición”. Muchos cereales contienen fibra insoluble, por eso no recomendamos comer habitualmente. Los cereales, además, contienen gluten, que ya hemos dicho que es nocivo para el tracto digestivo. Y sigo hablando del equilibrio de la fibra soluble y la insoluble; algunas frutas y verduras también tienen fibra insoluble pero no son dañinas. Habría que poner fin a la publicidad masiva sobre la fibra dietética, sobre todo proveniente de los cereales, que vende humo sobre la prevención de enfermedades digestivas. Burkitt postuló por primera vez en un estudio epidemiológico de 1971 el papel protector de la fibra en alteraciones como la diverticulosis, hemorroides y cáncer colorrectal a partir de la observación de una tribu africana que tenía una dieta rica en fibra. La pregunta sería: ¿Qué proporción de soluble e insoluble tenían? Seguramente no sería sólo fibra insoluble. ¡Equilibrio! Y comer alimentos que hace miles y miles de años que comemos: frutas, verduras y tubérculos, y no abusar de alimentos más “nuevos”, evolutivamente hablando, como los cereales.

“Tenemos que equilibrar la ingesta de fibra insoluble con la de fibra soluble”

¿Dónde está la fibra soluble?

Xavi: En algunas verduras como la calabaza, el calabacín; frutas como los plátanos y el mango; y en tubérculos como patatas, boniatos, zanahorias…, que contienen almidón resistente y que también es un tipo de fibra que ayuda a hacer proliferar bacterias sanas. ¿Sabes cómo asegurarte de que has comido? Con una manzana al horno.

¿Ah, sí?

Xavi: Cuando calentamos la manzana, se desprende un tipo de fibra, la pectina, que es soluble. Es un grandísimo medicamento. Por eso nos gusta hablar de la nutrición como medicamento. La fibra soluble ayuda a hacer crecer las bacterias que la microbiota sana -normobiota- necesita para seguir sana. Esto fermenta y genera unos ácidos grasos de cadena corta, como el butirato, muy presente en la leche materna. Entonces, lo que estamos diciendo es que debemos aportar al cuerpo elementos presentes en la leche materna.

¿Cómo podemos ingerir estos prebióticos?

Xavi: A través de una alimentación sana basada en carbohidratos en forma de frutas, verduras y tubérculos, fuentes excelentes de prebióticos base de una alimentación coherente con la evolución de nuestra especie, y en la que incluiremos también proteínas de calidad: carne, pescado y huevos procedentes de animales libres que pastan. Y grasas también de calidad presentes en estos tipos de animales y también procedentes de frutas como el aguacate, el coco y aceites como el de oliva crudo; también ciertos frutos secos. Hay que evitar productos procesados, cereales -sobre todo con gluten-, azúcares, aceites refinados y lácteos sobre todo pasteurizados y de animales procesados. Si los animales comen hierba y pastan, su microbiota generará sustancias que nos irán bien a nosotros. Ah, y una pequeña defensa de la patata, que últimamente tiene mala reputación: se ha dicho que tiene una carga glicémica alta y que podría hacer engordar. Como siempre, hace falta coherencia. Tiene antinutrientes, pero sobre todo en la piel; por lo tanto la recomendación es pelarla. Además, tiene mucho almidón resistente, que hace proliferar las bacterias buenas. Estaría bien revisar estos estigmas que pesan sobre ciertos alimentos; y ver si otros que tienen muy buena fama son tan buenos.

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¿Las legumbres son adecuadas?

Xavi: Contienen antinutrientes como las saponinas y el ácido fítico. Las primeras aglutinan moléculas de colesterol de las células intestinales y producen poros en la barrera intestinal, lo que contribuye a la permeabilidad del intestino. Por eso no las recomendamos. De todas formas, se ha visto que si las dejamos en remojo más de dieciocho horas y las cocinamos largamente, podemos eliminar gran parte de estas saponinas; a priori, serían menos perjudiciales. Además, el ácido fítico impide la absorción de minerales como el hierro y el zinc, entre otros, que lleva la propia legumbre; por tanto un consumo excesivo podría crear una deficiencia de estos minerales. Además puede interferir en enzimas que ayudan a digerir los nutrientes, como la pepsina y la tripsina. Si tenemos una buena flora, podría llegarse a neutralizar parte de este ácido fítico. Tenemos que pensar que otros alimentos como las espinacas y las acelgas también tienen otro antinutriente, el ácido oxálico, que también impide la absorción de ciertos minerales, pero no por eso los tenemos que evitar. También se ha demostrado que el remojo de más de dieciocho horas disminuye la concentración de ácido fítico. Por otra parte, son una fuente de almidón resistente. Así pues, si no hay alteración intestinal (inflamación), siempre que las dejemos en remojo más de dieciocho horas, las cocinemos bien y no nos hagan gases ni distensión abdominal, podemos tomar sin abusar (1-2 veces a la semana).

Los cereales con gluten, en cambio, hay que eliminarlos. ¿La espelta y el centeno, sin embargo, que contienen menos gluten que el trigo, serían más recomendables?

Xavi: Hace poco se han publicado algunos estudios que demuestran que dejar de consumir alimentos con gluten no supone ningún problema para la salud humana. No hay que hacer ningún tipo de transición hacia cereales con menos gluten, que definiría como “menos malos”, pero en ningún caso como “sanos”. Aunque contengan poco gluten, tienen y, como muy bien dice una de las eminencias mundiales en el estudio de la enfermedad celíaca, Alessio Fassano: “El ser humano no puede digerir el gluten”. Pseudocereales como el trigo sarraceno, que no tiene, serían una alternativa.

¿Por qué la aglutinina del germen de trigo es tan dañina?

Xavi: La aglutinina del germen de trigo son proteínas llamadas “lectinas” que alteran las uniones estrechas (tight junctions) de las células intestinales, y aumentan la permeabilidad del intestino. Como ya hemos comentado esto es una de las causas de muchas enfermedades inmunitarias y autoinmunitarias. Estudios en humanos han evidenciado que estimulan citoquinas proinflamatorias como el factor de transcripción nuclear kappa B (NF-κB), el interferón gamma (IFN-γ) y el factor de necrosis tumoral alfa (TNF-α), que hace generar una respuesta inflamatoria.

¡Vaya! Y también toca vigilar con el azúcar, ¿verdad?

Xavi: El azúcar, si proviene de la fruta, y comido con moderación no es un problema. Ahora bien, el azúcar refinado es tan potente que sobreactiva el circuito de la recompensa del cerebro: un circuito descrito de núcleos y estructuras neuronales y que gobierna la hormona dopamina. El azúcar, “neurológicamente” hablando, tiene la misma línea de adicción que la cocaína: aumenta la liberación de dopamina en el circuito de la recompensa, y puede acabar disminuyendo receptores de dopamina 2 en uno de los núcleos que lo integran, el núcleo accumbens. Esto crea la necesidad de recibir el mismo estímulo (adicción). Si nos fijamos en la nutrición a lo largo de la historia, las tribus de cazadores-recolectores no comían grandes cantidades de azúcar al día. En cambio, un estudio de 2004 del doctor Loren Cordain mostraba que una persona en el año 2000 se podía tomar 200 gramos de azúcar al día de media, que quiere decir 72 gramos de azúcar al año. En cada refresco carbonatado hay entre cinco y siete sobres de azúcar; y los zumos industriales hay entre 42 y 47 gramos de azúcar. Esto, evidentemente, no es saludable y tiene consecuencias en la microbiota.

“De media, una persona en 2000 tomaba 200 gramos de azúcar al día, unos 72 kilos de azúcar al año. La industria incorpora este componente porque sabe que activa circuitos neurológicos de adicción al producto”

¿Hay relación entre el trastorno de déficit de atención e hiperactividad y la ingesta de azúcar?

Xavi: Siempre hay varias causas y detonantes, pero la ingesta de azúcar no ayuda a estar concentrados y serenos. Los azúcares refinados, junto con el glutamato monosódico, presente en “alimentos” procesados, activan el sistema nervioso central, que implica excitación neurológica. Si a esto le sumamos un circuito de la recompensa no equilibrado con recompensas naturales, tenemos una bomba de relojería que incluye una hiperexcitación neurológica con un circuito que pierde la capacidad de recompensar con estímulos más naturales. En este sentido, y si hablamos de niños, hay que mencionar la importancia de la educación emocional desde pequeños en todos los ámbitos: tanto con la comida como con el contacto físico, amor y recompensa social.

Jesús: Hay diferentes corrientes científicas y nutricionales, pero el objetivo es común: buscar la salud de la población. Tenemos que ver en qué coincidimos. Es difícil unir ideal y real; la gente quiere cosas rápidas, fáciles, sabrosas, estimulantes y la industria se las pone al alcance, demasiadas veces sin que el consumidor sea consciente de ello. Hay alimentos teóricamente “salados” con el azúcar como segundo o tercer componente. Y no hace ningún papel de conservante, sino que nos engancha a ese producto. Debemos unir fuerzas para hacer entender a la población los riesgos de este tipo de alimentación. Si nos dedicamos a comprar comida enlatada o plastificada, platos precocinados, y dejamos que la industria alimentaria siga controlando las recomendaciones nutricionales y las pirámides alimentarias, mal asunto.

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¿Estáis estudiando cómo se alimentaban las tribus del paleolítico para encontrar relación entre el estilo de vida y la composición de la microbiota de estas tribus -algunas de las cuales todavía están en activo, aisladas en territorios selváticos-, que comparáis con la de la población occidentalizada. ¿Qué habéis encontrado?

Xavi: Si nos fijamos en las tribus cazadoras-recolectoras vemos que no tienen diabetes tipo 2, acné, obesidad, ictus, patologías cardiovasculares y tienen muy pocos casos de cáncer. No tienen las llamadas enfermedades de la civilización. Como tenemos una biología similar y lo único que nos diferencia es el estilo de vida, nosotros promovemos una filosofía y una alimentación basada en la evolución -sin cereales, gluten, lácteos, productos procesados- que apuesta por hacer ejercicio físico y tener unos niveles de grasa en el cuerpo controlados. El ejercicio físico debe ser coherente con nuestros genes. Con mis socios hemos creado un método de entrenamiento, el Paleotraining, que busca reproducir los movimientos a los que estamos más adaptados (www.paleotraining.eu). Según los estudios que comparan la masa muscular de cuando éramos cazadores-recolectores con la de ahora, literalmente hemos perdido entre el 30-50% de masa muscular. Esto es grave, ya que hemos aumentado el tejido adiposo (grasa), y ya hemos visto que esto implica una inflamación de bajo grado.

Jesús: Uno de los investigadores más importantes de los Estados Unidos en microbiota y salud ha tomado muestras de las heces -donde se ven las bacterias de la microbiota- de estas tribus que viven en condiciones muchos más similares a las de nuestros ancestros y de las heces de personas europeas con un estilo de vida postoccidentalizado. La diferencia es muy grande, porque hay especies de bacterias que nosotros tenemos que las tribus no occidentalizadas no tienen, y una distribución muy diferente de las que compartimos. En algunos casos se ha hablado del trasplante fecal como solución para curar diversas enfermedades autoinmunes y metabólicas, que sería coger las bacterias buenas de estas tribus y ponerlas en el intestino enfermo.

Jesús: El trasplante fecal o fecaloterapia se está estudiando a fondo, y hasta ahora ha mostrado un porcentaje de éxito elevado para tratar infecciones reiterativas por Clostridium difficile, y buenos resultados en personas con síndrome metabólico, pero hacen falta más estudios bien hechos en humanos. El problema es que no sabemos exactamente cuáles son las bacterias buenas. Un porcentaje muy grande de las bacterias que nos habitan no son cultivables (no sabemos cuáles son) y otras no sabemos si son buenas o malas, o ninguna de las dos cosas; depende de la proporción. Ahora bien, lo que hay que tener claro es que ni la probioticoterapia ni fecaloterapia podrán sustituir una alimentación sana y un estilo de vida adecuado. Hay que pensar que estas tribus necesitan extraer la máxima energía posible de todo lo que ingieren, normalmente poco, muy rico en fibra soluble, y sin azúcar ni grasas adulterados, y que además hacen un gran gasto energético. Si nosotros tuviéramos sus bacterias y no modificáramos el estilo de vida, seguramente, engordaríamos más. Hay que analizar las cosas en conjunto: nuestras bacterias son las que nuestra alimentación y estilo de vida ayudan a proliferar. Así pues, tal vez, mejor que centrarnos en cambiar la microbiota mediante la fecaloterapia o probioticoterapia, hay centrarnos en cambiar los hábitos de vida, lo que nos reestructuraría el ecosistema intestinal, que, a buen seguro, se aproximaría más al de las tribus de las que hablamos.

Xavi: Si tienes un músculo funcional y unas reservas de grasa óptimas, tendrás salud. Pero ¿qué ha pasado desde las tribus de cazadores-recolectores hasta la sociedad postindustrial? Que hemos perdido entre un 30 y un 50% de musculatura. ¿Y qué hemos ganado? ¡Grasa! Hemos ganado inflamación y hemos generado disbiosis intestinal: nos hemos cargado las bacterias buenas y hemos ayudado a proliferar las malas. Hemos disminuido las patologías infecciosas, pero hemos aumentado exponencialmente las patologías no infecciosas: enfermedades autoinmunes, acné, obesidad, diabetes tipo 2… ¡Esta es nuestra epidemia!

Cierto.

Jesús: Ahora estamos estudiando el eje intestino-cerebro. Me gustaría remarcar que estamos viendo que, desde los intestinos, podemos alterar voluntariamente -según la alimentación, el estrés o el sedentarismo- la intestinal. Esto afectará a los neurotransmisores, y de rebote, al cerebro y a nuestro comportamiento. Asimismo, nuestro estado emocional afectará a la composición de las bacterias de nuestro intestino, y a su integridad. ¡Cerebro e intestino se retroalimentan!

Xavi: Por ello, es importantísima la educación emocional ya desde pequeños. Me gustaría mencionar una iniciativa pionera que trabaja con el bienestar emocional, la psicología y la psiconeuroinmunología. Hablo del laboratorio Batega Laboratori Emocional (www.bategaemocional.com), que analiza estos tres ejes: educación emocional, educación nutricional y salud física y mental. La manera que tenemos de interpretar el mundo, nuestro aprendizaje emocional, implica tener bienestar o malestar. Las emociones no son abstractas, son procesos neurológicos que inducen cambios endocrinos descritos. Gracias a los estudios con resonancia magnética funcional han podido describir las estructuras cerebrales encargadas de transmitir y producir emociones. Y de eso tampoco hace tanto, unos veinte años; neurocientíficos como Antonio Damasio han roto paradigmas en este sentido. Por tanto, podemos concluir que la gestión emocional tiene un papel clave en la salud. Como veíamos antes y citando estudios publicados por ejemplo en 2008 en revistas como Trends in Microbiology, el aumento de la producción de hormonas de estrés modifica la flora bacteriana y puede generar inflamación. Muchas de las enfermedades autoinmunes aparecen cuando tenemos un malestar emocional sumado a otros factores.

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¿Qué me podéis decir del sobrecrecimiento bacteriano del intestino delgado que se traduce en gases o molestia abdominal cuando comemos demasiada fibra o azúcar? ¿Cómo se puede evitar?

Xavi: El crecimiento bacteriano desmesurado está muy relacionado con una falta de ácido clorhídrico en el estómago, que llamamos “hipoclorhidria”. Cuando esto ocurre, hay nutrientes que no se digieren, que fermentan y que generan una proliferación bacteriana. Además, hay alimentos que están compuestos por FODMAP (Fermentable Oligosaccharides, Disaccharides, Monosaccharides and Polyol), que son altamente fermentables. Entonces el problema es un bucle entre una falta de ácido clorhídrico, una proliferación bacteriana y una disbiosis previa. O puede venir por un medicamento que ha dañado la mucosa del estómago; o porque el cuerpo inhibe la producción de ácido clorhídrico por estrés emocional. Ya hemos comentado que la comunicación entre cerebro e intestino es continua, y que el estrés genera cambios en las bacterias del intestino; y que la microbiota del intestino afecta a los neurotransmisores del cerebro. Si esto ocurre de forma continuada, la mucosa del estómago se atrofia.

“La comunicación entre cerebro e intestino es continua: el estrés emocional afecta a la microbiota intestinal, y los cambios de la microbiota afectan a los neurotransmisores del cerebro”

¿Qué debemos hacer para mantener unos niveles estables de ácido clorhídrico?

Jesús: Aquí es muy importante el estilo de vida y el bienestar emocional: es muy común que si la gente tiene molestia abdominal, digestiones pesadas, ácidas, se tome un inhibidor de la secreción de este ácido esencial para la digestión, como el Omeprazol. Pero es una solución pasajera que no soluciona el problema de base; es un parche que sólo complica más la situación. Con el tiempo necesitaremos más dosis de medicamento y/o sentiremos gases, habrá putrefacción de las proteínas mal digeridas por la falta de un pH adecuado, déficit de vitamina B12… Después de haber estado seis años tomando cada día haciendo caso a la medicina convencional, sé de lo que hablo.

Xavi: No hay una receta fija, pero el estilo de vida sano implica hacer cambios en la alimentación, trabajar para atenuar el estrés emocional, hacer ejercicio físico antes de cada comida, dejar de lado el gluten y los azúcares refinados y alimentos procesados y combinar estas pautas con algunos alimentos y hierbas que pueden ayudar a mantener una buena secreción de ácido clorhídrico como infusiones de jengibre, cardamomo, canela o regaliz. Y, por supuesto, no debe faltar proteína animal de calidad.

¿Las personas con cándidas pueden mejorar con probióticos?

Xavi: Sí. La cándida es un hongo; hay de tipos diferentes y todos tenemos en la mucosa. La cándida no es mala. Ahora bien, a veces crece desmesuradamente en lugares donde no debería hacerlo. Si ha habido una disbiosis, la cándida aprovecha la oportunidad para proliferar y se expande demasiado. Como se alimenta de azúcares, podríamos pensar que una dieta sin azúcar sería la más óptima. Pero hay muchos más factores que los azúcares. Por ejemplo, las hormonas sexuales femeninas tienen una acción de proliferación que puede influir en el crecimiento del hongo; por eso algunas mujeres pueden tener síntomas cuando ovulan o tienen la regla. Los anticonceptivos orales también son un foco de proliferación importante para la cándida. Además, vuelta a empezar, el estrés emocional juega un papel importante; en un estado de activación del sistema nervioso simpático (de fuga), se activan rutas metabólicas como la gluconeogénesis o glucogenolisis con el objetivo de producir glucosa para crear alarma; no deja de ser glucosa libre que alimenta un hongo. Por tanto, una vez más, una visión funcional e integradora tendrá en cuenta no sólo un factor para producir una proliferación del hongo sino el estado general de la persona: hábitos, gestión emocional… Tratando todos los ítems, con la ayuda de un buen probiótico además, seguramente mejoraremos. Todo cuenta. Tal y como me gusta decir, ¡psiconeuroinmunologí

Laura Basagaña

Laura Basagaña
Periodista
lbasaganya@soycomocomo.es

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