El invitado

16 de mayo 2014

“Pasé de comer como todo el mundo a vegano en un mes”

Pablo Puyol, actor

Nos citamos con el actor en el Hotel Only You, en la céntrica calle madrileña de Barquillo, que cuenta con un espectacular patio interior donde mantenemos una distendida charla. Es simpático, observador y mentalmente hiperactivo (durante la charla es capaz de mantener la conversación, apurar su expreso y comentar lo chulas que son las zapatillas deportivas que calza el fotógrafo, todo sin perder el hilo). De gira con la obra de teatro Venidos a menos –en la que comparte cartel con el actor David Ordinas– e integrante del elenco de humoristas del programa televisivo “Me resbala”, este malagueño asegura que lo más complicado de ser vegano es comer fuera de casa, algo a lo que, por su profesión, se ve obligado a hacer prácticamente a diario. Bueno, aunque quizá sea todavía peor “aguantar”a sus amigos de toda la vida, que no entienden el porqué de su conversión al veganismo.

¿Cómo acaba uno siendo vegano?

Hace ocho meses que lo soy. No hubo un momento concreto, ha sido fruto de una evolución. Nunca he sido un gran carnívoro, no he comido demasiada carne, y al final sólo comía pollo y pavo. Tras ver documentales acerca del trato de los animales en las granjas, los medicamentos que les dan y que nos acabamos comiendo, terminé asqueado. Hubo algo determinante, que fue el que un buen amigo mío se hiciera vegano, justo dos meses antes que yo. Pero no hubo ningún paso previo. Pasé de comer “normal” a hacerme vegetariano, y al cabo de un mes, me hice vegano. Ahora estoy muy contento con mi decisión. No es que me sienta ni mejor ni peor que antes, es algo que va más allá. Si hemos conseguido alimentarnos sin tener que matar animales… ¿qué sentido tiene seguir haciéndolo?

¿Y cómo se explica a una abuela lo que es esto del veganismo?

Es muy, muy complicado. Tengo unas peloteras en casa cada vez que voy a verlos a Málaga… Tú les dices a tu familia o amigos que te vas a un burguer a hartarte de hamburguesas con queso, o a comprarte un paquete de tabaco o a beberte una botella de whisky, y a todo el mundo le parece bien. Ahora, tú diles que te has hecho vegano, que entonces te sueltan escandalizados: “¿Pero qué dices? ¡Te va a faltar de todo!” [Ríe.]

La ingesta de carne es innecesaria; tengo muchos amigos veganos que están estupendos y no les falta de nada.

Pero eso la gente no lo entiende… Hay datos espeluznantes. Con la cantidad de comida que hay que darle a una vaca para que genere carne podrían alimentarse centenares de personas. Pero eso la sociedad o no lo ve, o no lo sabe, e incluso si lo supieran, la mayoría cree que comer carne es necesario… Y esa percepción es muy difícil de cambiar. Yo procuro no ser visceral, aunque a veces me cueste, ni intentar obligar a nadie. Mi actitud es la de “yo me he hecho vegano, tú haz lo que quieras”.

¿Y tus amigos? ¿Te han colocado el sambenito de rarito?

Sí… Mis amigos de toda la vida, los de Málaga, no me entienden y encima hacen mucho cachondeo a mi costa. Pero hay que sobrevivir y yo aguanto el chaparrón [ríe]. Intento no enfadarme ni ponerme visceral o reivindicativo. Soy un tipo bastante cocinillas, me encanta cocinar. No paro de inventar platos, convierto los platos tradicionales al veganismo. Mis amigos me dicen aquello de: “Esto no va a saber igual, no sabrá a nada”. Y yo les digo: “No va a saber igual, pero te juro que está muy bueno”.

¡Así que cocinillas! ¿Cuál es tu especialidad?

Me gusta muchísimo cocinar. Me encanta hacer potajes con lentejas, garbanzos, habichuelas… ¡Y hago unos callos veganos buenísimos!

¡¿Callos veganos?!

En vez de tripa, uso setas. ¡Y te juro que están cojonudos! Hago mucho potaje, pasta con todo tipo de cosas… También hago una tortilla de patata vegana de escándalo…

¿Es complicado compatibilizar tu dieta vegana con tu profesión?

Es muy difícil. En los restaurantes normales lo único que puedo tomar es una ensalada, verduras a la plancha o pasta con tomate. Si pido una ensalada, tengo que especificar que no la quiero con el consabido atún ni el huevo duro, pero aún así el atún y el huevo acaban apareciendo en el plato. Es complicado. Nuestra sociedad es extremadamente carnívora. El ser humano no ha comido nunca tanta carne como ahora. Actualmente existe la percepción de que si no comes carne es como si no hubieras comido… En Madrid no he encontrado muchos restaurantes especializados… Espero que cada vez haya más y que sea una tendencia al alza…

¿Y en Málaga?

Más complicado todavía.

¿Es esto lo más difícil de ser vegano? ¿Comer fuera?

Sí. Por mi trabajo como fuera casi a diario. Y ahora que estoy de gira, todavía más.

¿Sientes que estás haciendo un sacrificio, un esfuerzo?

No. Creí que lo pasaría peor, pero es que no necesito la carne. Quizá el peor momento en todo este tiempo ha sido un día que fui a esquiar con amigos, y al acabar, muerto de hambre, se pusieron a comer sus hamburguesas y sus bocatas de lomo con queso. Yo tenía un hambre atroz. Fue sólo un segundo, en el que pensé, “ahora me lo comería”. Pero creía que lo pasaría mucho peor y no ha sido así. No comer carne me hace sentir bien. Me gusta contribuir a que menos animales sufran.

¿Esa es, para ti, la “recompensa”? 

Sí, porque a nivel físico, no me siento ni mejor ni peor que antes. Me siento igual. Pero a nivel psicológico, tengo la certeza de que estoy haciendo lo correcto.

Lo de la salud será el flanco por el que, me imagino, te atacarán los que no entienden tu conversión…

Sí. Pero yo me noto igual. Ni siquiera más delgado.

¿Han cambiado tus hábitos…? El desayuno, por ejemplo…

Desayuno lo que he desayunado toda la vida. Pan con tomate, aceite y café. Pero sin echarle leche de vaca. Eso hace mucho que no lo tomo. Echo leche de avena, o de almendra.

¿Y la compra?

Todo el mundo me dice aquello de: “Debe ser carísimo ser vegano”, pero lo cierto es que si comparo, no gasto mucho más que antes. Cuando hacía la compra en el supermercado para veinte días o un mes, me gastaba entre 250 o 300 euros. Ahora, en el súper no me gasto más de 60. Luego, voy a la frutería. La fruta y la verdura es muy barata. No me gasto más de 25 euros. Y en el supermercado ecológico o en el herbolario sí me gasto unos 150 euros, pero no es caro, porque lo que compro –gluten para hacer seitán, quinoa…– me dura mucho tiempo.

¿Somos lo que comemos?

La carne que comemos lleva mucha química. El pescado, está repleto de tóxicos como el plomo. Y todo eso tú luego te lo comes y pasa a tus células, a tu organismo. También pienso que un animal que ha sido maltratado desde que nace hasta que muere, todo ello, de algún modo, también te lo comes, también pasa a ti. Esto ya es algo quizá más espiritual, y yo no digo que crea exactamente en eso, pero piénsalo: al final, lo que te estás comiendo, de lo que te estás alimentando, es de un animal que ha sido tratado como una mierda desde su nacimiento.

En los anuncios de leche te venden una vaca preciosa, pastando por los prados. Esa no es la vida de la vaca de la que te tomas la leche. La de la leche vive toda su vida sin poder moverse, inseminada una y otra vez, y siendo apartada de sus crías al parirlas. Y así a lo largo de toda su vida.

En el momento en el que la sociedad entienda que los cerdos, los pollos, las vacas, los cabritos que se comen son animales exactamente igual que los perros y gatos que tanto les gustan, quizá entonces las cosas empezarán a cambiar.

Emma Vallespinós

Emma Vallespinós
Periodista
evallespinos@soycomocomo.es

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